lunes, 27 de mayo de 2013

Los verbos necesarios

No sé hace cuanto creé esta entrada en el blog, pero recuerdo que escribí sólo el título y lo guardé con algunas ideas anotadas. En ese momento estaba pensando en Elsie y en la importancia de extrañar a alguien, de extrañarla a ella que era feliz todo el tiempo. Se me ocurrió entonces, que existen unos verbos que es necesario conjugar a menudo y entre ellos está ese: extrañar. 

Cuando se echa de menos a alguien o algo, se extraña, eso dice el diccionario. Eso no alcanza para describir porque hace tanta falta Elsie en estos días tan chiflados. Días en los que le llevaría a más de uno a su casa para que lo escuchara y le diera soluciones a esos problemas que a la vida le encanta ponernos en el camino. Días para tomar tinto e interpretar figuras que ahora aparecen y no pueden ser descifradas. El café sigue ahí, mezclándose en la taza, pero es más difícil leer el destino sin ella. 

De Elsie extraño también su risa. Esa capacidad de volver todo un chiste y burlarse del drama eterno del ser humano. Burlarse de esa necesidad de sufrir, cuando es más fácil enfrentar los que nos hace mal y despacharlo con un puntapié. Burlarse de uno mismo, de los miedos que nos atan, de las zancadillas que nos ponemos a diario. 

Los que no la conocieron también la extrañan; suena raro, pero así es. La imaginan en las historias que contamos los amigos sobre ella y entonces desean haberla conocido. La extrañan sin haberla visto jamás. También de eso se reiría Elsie.

Sospecho que ahora viaja sentada en una nube todos los días y desde ahí nos observa haciéndonos barra. Que se detiene a veces con ganas de bajarse y caminar entre nosotros cuando nos reunimos para hacer taller, pero que no la dejan porque lo suyo ahora es andar sin zapatos en el cielo. En ese manto azul que ahora es su casa y que habita desde hace seis meses. Un paraíso hecho de nubes blancas y grandes que bailan con el sol, le cantan a la luna y sueñan con Elsie Parra De García.   














domingo, 3 de febrero de 2013

Con N de Naty

Ya tiene dos meses y dejar de verla por nueve días, significa encontrar una cantidad de cambios que uno no espera. Por ejemplo, que pesa más, su cabello ahora se ve más castaño y ríe de vez en cuando si escucha que alguien también lo hace. "Qué tu risa la asusta", dice su mamá, mientras Naty se encoge y al mismo tiempo se queda muy seria. Yo me vuelvo a reír, no lo puedo evitar, porque descubro en ella muecas muy chistosas como si ya quisiera hablar. 

Uno la carga y en ese momento nada más parece importar. Todo gira alrededor de ella y de lo que necesita. De tratar de entender : qué quiere, qué siente, qué ven sus ojos, qué ve en los tuyos, que soñará cada día. 

Naty es un misterio por descifrar del que obtienes pistas con lo que te cuenta su mamá, como que se queda muy tranquila después de bañarla o ya pasa más horas despierta en la tarde. Hay otras que uno aprende sobre la marcha de visitarla, como cuando piensas que está profundamente dormida sobre tu hombro y segundos después de ponerla en la cuna te sorprende con sus ojos negros muy abiertos, muy atentos. "Es que no se quedó bien dormida", dice su madre, que ya sabe los trucos de Naty. Yo apenas me voy enterando de ellos.

Ser madre es un trabajo difícil, eso pienso mientras veo como la mamá de Naty  prepara en cuestión de segundos el tetero, apaga la luz de la habitación, prende una lámpara pequeña, se acomoda en la mecedora, la recibe en sus brazos y le empieza a explicar con una voz muy dulce que ya es hora de dormir. 

Esta vez, Naty si se duerme, cae profunda y su mamá la pone en la cuna lentamente. Después la abriga con una sábana, una manta y la protege además con un toldo enemigo de los mosquitos. Luego camina a hurtadillas para salir de la habitación y evitar cualquier ruido que pueda despertarla. Yo hago lo mismo y dejamos a Naty soñando otra vez. Su mamá la tendrá en sus brazos en  unas cuantas horas, cuando despierte con hambre reclamando su tetero. Yo la veré otro día como hoy, en el que llegué sin avisar, pero con la certeza de poder cargarla para olvidarme del mundo un rato mientras me pierdo en sus ojos negros. 












sábado, 2 de febrero de 2013

En un instante

He estado intercambiando textos con otra persona en una especie de taller virtual. Él  me envía algo suyo, yo lo leo y luego le escribo con mis opiniones acerca del mismo. Después debo hacer lo propio y someter mis textos a su análisis. Así se ha establecido un diálogo muy divertido y además enriquecedor, porque él es más riguroso en cuanto a los aspectos técnicos del lenguaje y siempre se traslada a otras lecturas y a otros autores para comentar los míos, mientras yo me sumerjo en sus cuentos y me dejo llevar por lo que ellos me transmiten. 

Realmente, cada cual a su modo se introduce en las historias y encuentra elementos que el otro no ha visto, para luego revisarlos en esa charla. La dinámica funciona, más allá del interés por leer y ser leído, por la   posibilidad de hacerlo, es decir, la oportunidad de vencer el espacio físico y lograr que una red social  sea algo más que un lugar en el que vamos dejando parte de nosotros en forma de fotos, enlaces y comentarios. Si bien son una herramienta de comunicación poderosa que utilizo con frecuencia, no dejo de sentir un vacío a veces porque no reemplaza el contacto directo con las personas. Siempre será mejor hablar mirando a los ojos e impacientarte mientras alguien lee algo tuyo y tratas de adivinar en cada gesto si le ha gustado o no. Si se ha conectado contigo. 

Existen las cámaras, ya lo sé, pero no es igual y aunque suene contradictorio porque me quejo de esa oportunidad de ver a la gente, encuentro que lo valioso de este ejercicio virtual es descubrir el poder del lenguaje que cambia y se adapta pero no muere. Así las palabras viajan de un lado a otro mientras chateamos, porque ya no hablamos, y uno se encuentra de repente escribiendo una risa. Algo curioso, pero que se ha vuelto tan común, que no nos detenemos a pensar en ello. 

Es cierto que los avances tecnológicos demandan velocidad y en ese afán uno se deja absorber por estas nuevas formas de comunicarse, que intentan reemplazar el contacto directo pero no lo logran, aunque puedan incluso acortar distancias y permitirnos  interactuar con más personas al mismo tiempo. 

Tal vez la más amenazada sea la espontaneidad, esa que anda por ahí intentando no sucumbir ante el influjo de las redes sociales y que se cuela a veces en forma de dos personas que no se conocen, pero se conectan por un instante para compartir algo en común : el deseo de soñar y viajar a través de lo que otros nos cuentan. Tal como ocurre cuando lees un libro e imaginas otros universos, mientras pasas cada página sintiendo el papel con tus dedos. 













  

lunes, 14 de enero de 2013

Bogotá azul

Bogotá se despertó con fiebre azul, con ganas de saborear el triunfo de Millonarios. Yo me desperté con ganas de visitar museos y un poco ajena a la movida futbolística. No sé si el día de los hinchas inició temprano. El mío tomó forma cerca de la una de la tarde, cuando salí con el firme propósito de abordar el Transmilenio en la estación de la sesenta y tres para llegar hasta la veintiséis y de ahí subir varias cuadras para encontrar el Museo de Arte Moderno de Bogotá.

Durante el camino vi como la ciudad estaba invadida de personajes que lucían la camiseta del Millos y que  corrían apresurados por la calle, como si el fin del mundo se hubiera adelantado y fuese urgente dirigirse a algún lado. Con algunos de ellos crucé la calle para llegar al Transmilenio, consulté la tabla de las rutas y me subí al articulado. También se bajaron en la veintiséis conmigo y aún por la calle mientras iba subiendo, un carro llenó el ambiente con la canción : "Millonarios será campeón...". Nada más extraño que estar en una ciudad que está a punto de enloquecer en cualquier momento por cuenta de un equipo de fútbol, pero que sigue funcionando de acuerdo a lo acostumbrado. Bueno, extraño para mi, porque si se tratara del Junior en Barranquilla todo estaría paralizado. Seguí subiendo para buscar el MAMBO y me encontré con la barra de Millonarios en el Tequendama. Afuera del hotel los hinchas esperaban al equipo con cámaras, banderas, las caras pintadas y el enorme deseo de ver cumplido su sueño. Para pasar tuve que esperar que un niño sonriente terminara de posar al lado de una camioneta y quise tomarle una foto al grupo de gente, pero recordé que no tenía la cámara.

Había olvidado que los domingos se puede encontrar el mercado de las pulgas, en donde muchos tesoros aguardaban para alegrarme la vida. Allí olvidé por un buen rato el tema del fútbol y me concentré en una montaña de afiches de películas. Casi no me despego de ahí. Reaccioné a tiempo para seguir recorriendo el mercado y encontrarme con una venta de cuadernos que tenían como portada : imágenes de películas, artistas famosos o a la popular Mafalda cargando un lápiz. Intenté esquivarla y di otra vuelta, pero finalmente sucumbí. Luego una improvisada presentación de unos bailarines interrumpió la jornada y me rescató de comprar más cosas allí. Seguí entonces al MAMBO y anduve curioseando dos exposiciones durante un buen rato. Ir hasta el Museo Nacional me pareció buena idea y terminé recorriendo tres exposiciones temporales. Ya eran casi las cuatro de la tarde y considerando que el partido era a las seis, fui dirigiendo mis pasos a la estación Profamilia para regresar a la casa.

Seguí viendo camisetas azules que corrían apresuradas, mientras yo pensaba en si alcanzaría a llegar a la venta de música en Matik Matik, que por cierto no tenía ni idea donde quedaba. Sabía que era cerca de mi casa, mejor dicho, la de mi primo, pero el lugar exacto me tocaba encontrarlo. El tiempo en Bogotá es cosa seria y las distancias más. Calcular es una acción tonta porque siempre algo se sale de lo planeado y te retrasa. Cómo pasarse de la estación de Transmilenio en la que debías bajarte por andar viendo a la gente en la calle y pensar cómo sería la ciudad más tarde si el Millonarios ganaba. Estar elevado altera el curso. Mientras llegué a la estación correcta, luego a la casa y bajé nuevamente para ir a Matik pasó un buen rato. Las calles estaban más oscuras y el frío hacía un poco difícil caminar con rapidez. Preguntando llegué a la venta de música. Compré dos discos de grupos que no conozco, pero que me gustaron. Luego salí corriendo para que no me agarrara el fin del partido en la calle, que estaba horriblemente solitaria.

Treinta segundos antes de que se cobrara el último tiro del partido timbré en el edificio en el que me quedaba. Le pregunté al portero como iba la cosa y me respondió con cara de angustia que ya casi eran campeones, qué si lo tapaban Millos ganaba. Se cubrió la cara con el brazo derecho, dejando sólo un pequeño espacio para mirar al televisor y fue como si le hubieran dado la mejor noticia de su vida. Casi llora y en la calle se escuchaban los carros pitando enloquecidos por el triunfo. El portero no saltó, no gritó, no bailó; sólo recogió un maletín y entregó el turno al reemplazo de la noche que ya estaba en la puerta del edificio. Se fue con la emoción contenida. Sospecho que lloró durante el camino o que miró al cielo agradecido por ese Niño Dios adelantado. Yo entré al ascensor y oprimí el botón con el número cuatro para subir al apartamento de mi primo, mi casa en Bogotá. El también estaba celebrando, pero con Morfeo. Llegó de un turno de su internado y se durmió profundamente. Tanto que no escuchaba el timbre, ni el celular. El ruido de la calle le llegaba como un eco y el timbre era parte de esa mezcla de sonidos que el sueño le invitaba a evitar. Momentos en los que uno se regaña por salir sin la llave y empieza a cuestionar la conveniencia de vivir en un cuarto piso y que la única ventana para intentar entrar, implique tener las habilidades del hombre araña. Algo sacó a mi primo de su trance, me abrió la puerta y aún somnoliento me recibió con un abrazo. "Ganó Millonarios", le dije. "Ya sé, escuché los carros en la calle", contestó él. Afuera la ciudad siguió alborotada, más azul que nunca por el triunfo de Millonarios. 

domingo, 18 de noviembre de 2012

El efecto "Elsie"

Es sábado, son más de las tres de la tarde y el sol barranquillero ataca sin contemplación. Me bajo de una buseta verde que se llama Coolitoral, a la cual me he subido unos 20 minutos antes en el barrio Los Nogales y que ahora me deja cerca del Hotel Country Norte. Camino dos cuadras para llegar a la librería La Mancha del Quijote, ubicada en la carrera 53 con calle 75,  en donde me encontraré con varias personas que asisten a un taller de escritura creativa. Es el año 2009 y esta librería está arrancando como competencia de otras que ya tienen bastante tiempo en el oficio.

En la librería están por habilitar un café y también el aire acondicionado. Es un espacio diferente que lo atrapa a uno de inmediato y mientras voy mirando los libros, va llegando la gente del taller. Eso recuerdo de esa primera vez que vi a Elsie Parra. Mi memoria me dispara esta imagen cuando intento determinar tres años después, cómo fue nuestro primer encuentro. Luego, como siempre, la misma memoria me traiciona, porque sé que en algún momento nos abrumó el calor y decidimos que las siguientes sesiones las haríamos en la casa de Elsie, quien nos la ofreció para reunirnos cuando quisiéramos, pero no puedo recordar si ese mismo día decidimos irnos enseguida hasta allá .

Lo que si recuerdo, es que fuimos muchas veces a su casa porque se volvió la sede del Taller Vista al Cuento que dirigía Adriana Rosas y al que nos habíamos inscrito para aventurarnos en las tierras del cuento, género en el que algunos de los asistentes ya tenían experiencia, pero totalmente nuevo para mi, Elsie y José, quienes permanecimos en el taller hasta final de año con la firme intención de publicar un libro en el que se recopilaran esos textos que habíamos estado trabajando. Esa era la filosofía de Vista al Cuento, una publicación anual que incluyera además, textos de los integrantes del año inmediatamente anterior, a manera de invitados, acompañándolos de las historias de los asistentes actuales. Ya tenían un primer libro y este sería el segundo.

El tema de reunirse con otras personas para hablar de escritores, leer y escribir cuentos, me parecía una experiencia interesante. Además, se requería valor para exponer sus cuentos, o lo que uno creía que eran cuentos, a otras personas para que opinaran y te dijeran lo que sentían luego de escucharte línea a línea.

Ese temor perdía todo su poder en casa de Elsie. Primero, porque ella te recibía sin zapatos a la entrada de su casa y luego su fiel amigo Beethoven te ladraba reclamando que no lo saludaras también a él. Después, se encargaba de desarmarte con preguntas para saber todo acerca de tu vida. Y no era algo molesto, porque Elsie preguntaba con la autoridad de los años, con la confianza de hablar con una persona que estaba más allá de nuestra época y que te podía dar más respuestas sobre la vida que mil enciclopedias.

La bruja, cómo ella misma se hacía llamar, era capaz de sacarle una risa hasta al más serio, no le gustaban los protocolos o situaciones ceremoniosas. Si un invitado tenía sed o hambre, lo mandaba directo a la cocina a que se atendiera por si mismo y escogiera de la cocina lo que le gustara. Con ella si que se aplicaba aquello de: siéntete cómo en tu casa. Así que la pena inicial que uno podía sentir por estar en una casa ajena e invadir la intimidad de otro, pasó a ser una prueba superada y la Gorda, su fiel colaboradora durante años en todas las cosas relacionadas con el cuidado de la casa y el de ella misma, empezó a vernos por todos lados los sábados en la tarde.

En esa época, en la que el taller se convirtió en la excusa para que Elsie, José, Adriana y yo nos viéramos, se fue afianzando también una amistad muy importante. Cada cual tenía unas funciones específicas : Adriana era la que llamaba al orden y Elsie al desorden. José Tibamoso, que causa la impresión de ser muy serio, y lo es, se pegaba al equipo de la recocha. Era capaz de contar los chistes más hueceros y encontraba en ella la cómplice perfecta. Yo reía mucho y hablaba poco, era la tímida del paseo.

Con el tiempo, esa timidez también se perdió y visitaba a Elsie cualquier día que necesitaba hablar con alguien y descifrar en alguna palabra o en una frase, un mensaje revelador. Una oreja gigante era ella, capaz de escucharte y decirte exactamente lo que necesitabas, pero no lo que necesitas oír para sentirte bien contigo mismo,  sino aquello que efectivamente te haría actuar.

Con las sesiones llegó también el tinto. El café sin colar para leer el destino. Las ganas de que el tiempo avanzara rápido para que llegara la Gorda con la bandeja y las tacitas de café en las que veríamos figuras, paisajes, noticias de lo que se avecinaría en nuestras vidas. El café se hizo necesario como ella, como la idea de que podía ver en esas tazas más allá de nuestra percepción y escudriñar a través de ellas nuestros pensamientos y el futuro.

Leer el café siempre fue un juego para nosotros y para los que llegaron después para seguir viajando a través de las letras en "Casa de Papán y Tía" como se llama el hogar de Elsie. Nuestra propia experiencia mística al final de la clase. A varios inquietó con la suerte dibujada en esos trazos del café y la posibilidad de que efectivamente sucediera lo que allí se había manifestado. También nos hacía reír cuando cada uno trataba de ver lo mismo que ella y no entendía de dónde salían esas figuras, porque en realidad estaban ahí tratando de decirnos algo o al menos eso pensábamos. Ese momento se convirtió en otra particularidad de su casa porque la magia sólo ocurría ahí y con ella.

Los que la conocieron, saben también que tenía una pelea armada con los signos de puntuación. Nada de puntos, comas, puntos y aparte, puntos seguidos, en sus textos. Esos que los pusieran otros.Al final, si era algo obligatorio, pues que alguno de nosotros se tomara el trabajo de colocarlos por ella.

El año transcurrió de esa forma, con la ineludible cita los sábados para trabajar en nuestros cuentos y si acaso no podíamos reunirnos o nos quedaban ganas de volver a vernos con la excusa de la literatura, hasta los domingos y festivos eran buenos.

Si ibas temprano un domingo, te la encontrabas en el patio, revolviendo las matas y acomodando todo. La veías también en el jardín de la entrada, consintiendo a las otras plantas. Si llegabas al mediodía, era posible hallarla en la sala en compañía de su familia, esperando para almorzar y atrapándote de nuevo con sus preguntas y ganas de saber cómo andaban tus cosas. También te llevaba por rincones de la casa y te mostraba libros que estuviera leyendo o si intuía que querías hablar sólo con ella, terminabas en el estudio que está lleno de libros y objetos de otros tiempos que llegaron y se quedaron ahí como testimonio del paso de otras personas por esa casa y por la vida de Elsie.

En diciembre tuvimos la oportunidad de leer en varios sitios de la ciudad y presentar ese libro que parecía un gran atrevimiento de nuestra parte. Una hazaña de unas personas que jamás habían pensado que podrían escribir para que otros leyeran esas invenciones de su imaginación. Una locura en la que nos había embarcado Adriana con su taller. Un camino al que cada uno había llegado de forma inesperada para materializar esas inquietudes; no por fama, no por afán de reconocimiento, sino por la necesidad de comunicar algo, de sacar esas ideas de la cabeza y ponerlas a andar por si solas de alguna forma. Después de eso, no nos recuperamos, el mal ya estaba hecho y la literatura se convirtió en un ejercicio vital para seguir soñando.

De la misma forma, Elsie se instaló en nuestros corazones, como un latido que solía andar más rápido de lo normal, a una velocidad incontenible. Un pum pum que se arrebataba cuando nos acercábamos a su casa, a la certeza de su presencia, a lo contagioso de su risa, a la fuerza de su espíritu aventurero atrapado en el cuerpo de una mujer mayor, pero más joven que todos nosotros.

Un pum pum que nos enamoró de su forma de ser, de su manera de ver la vida tan simple como es, sin las complicaciones que nos vamos inventado con los años. Un pum pum que se sentía en sus poemas y en su amor incondicional por su esposo, que se reflejaba en ellos. En la voz que se le cortaba cuando los leía y nos arrugaba de paso el corazón a todos. Un pum pum que elevaba todo, una frecuencia para sintonizarse con la alegría. Sin duda, dentro de nosotros seguirá latiendo sin descanso, con la fuerza de sus recuerdos que nos arrancan mil sonrisas, con su esencia que deambula sin zapatos y sus pies que dejaron huellas que se quedarán por siempre en la arena de nuestras almas.

Para Elsie Parra De Garcia : mi profe del café, mi cometa preferida, mi amiga en esta vida y las que me queden por vivir. 







domingo, 20 de mayo de 2012

Días de zozobra


Mi padre dice que ha tenido “un día de zozobra”. Una jornada extenuante pegado a una máquina que se encarga de limpiar su sangre, porque sus riñones no pueden hacerlo. “Eso que me hicieron”, como le dice él a la diálisis, lo hace pasar malos ratos. Después del procedimiento se siente cansado, sin apetito y con dolor en todo el cuerpo. Además de la impresión que supone ver varias mangueras que llevan tu sangre, dentro y fuera de tu cuerpo.

Hace diez días nadie creía en esa palabra como sinónimo de bienestar. Llegar a ese nivel, implicaba que había llegado un momento complicado, en el que su organismo no era capaz de hacerse cargo de sí mismo y era necesario recurrir a otros procedimientos para ayudarlo.

A partir de ahí empezamos a incluir la palabra “UCI” en nuestro vocabulario, con una mezcla de miedo y esperanza. Más de un mes atrás conjugábamos otras palabras con angustia y desconcierto: fiebre,  ambulancia, clínica, emergencias, especialistas, exámenes, antibióticos, ingreso, salida, reingreso. La última palabra es la peor. Cuando te despiden de una clínica con una sonrisa y con la seguridad de que las cosas estarán mejor, lo menos que piensas es que en pocas horas estarás de regreso y por la misma causa.

Entonces, la quinta dejó de ser la vencida y por sexta vez mi padre entró a urgencias. Desde ese momento no ha regresado a su casa, para ver a su equipo de fútbol favorito, ganar o perder. Es hincha del JUNIOR, y ni siquiera en su estado deja de sufrir por él. Una vez pidió a gritos un radio para escuchar un partido mientras estaba en urgencias.  En otra ocasión  empezó a llorar mientras le hablaba el médico de piso, porque recordó que su equipo del alma había perdido el día anterior.

Su devoción por el JUNIOR no es gratuita. Jugó con los tiburones cuando era joven y desde entonces se le volvió una pasión, hasta el extremo de seguir trabajando en la institución después, como abogado profesional.

Dentro de sí queda la tenacidad del deportista, que no se rinde ante los obstáculos, que sigue luchando por alcanzar la meta. Su cuerpo resiste todo, a pesar de las dificultades lo saca a flote. Le responde aferrándose a este mundo de todas las formas posibles. Aunque a veces parezca más fácil rendirse. Aunque el mismo sienta que está a punto de sucumbir, su fuerza lo sorprende y nos asombra.

A pesar de todo lo duro que pueda ser esto, nos reímos. Cuando ha pasado el susto las cosas empiezan a verse de forma diferente. De los episodios difíciles siempre queda una ocurrencia suya, una respuesta inesperada que nadie habría imaginado.

Descubro entonces que no somos tan diferentes y que nunca habíamos estado tan cerca como ahora para comprobarlo. Comprendo además que los padres son seres indefensos, que vienen al mundo sin manual de instrucciones. Nadie les enseña cómo educar a los hijos, cómo quererlos o dejarse querer por ellos. Eso se va aprendiendo. Sólo que a veces, el aprendizaje nos lleva por caminos duros, por años de alejarnos y no entendernos. De suponer que no es necesario demostrar el afecto, de dar todo por sentado. 

Tampoco a los hijos nos preparan para ser padres de nuestros propios padres. Aunque suene a trabalenguas, es así. En la escuela no le dicen a uno, que en ocasiones se intercambian los roles. Que terminarás regañando a los tuyos para que se tomen la sopa o acepten las medicinas.

Tal vez lo malo de parecerme a mi papá, es que soy muy terca. Tal vez lo bueno de parecerme a él sea precisamente eso. Tal vez lo bueno de andar juntos, aunque sea en estas circunstancias, es que nos damos la oportunidad de conocernos. De unir nuestras terquedades en días de zozobra como dice él, en días extraños en los que los roles no interesan, sino la posibilidad de estar ahí para seguir viviendo.  


sábado, 19 de mayo de 2012

La escritura como catarsis


Ayer estuve otra vez en la cárcel. En la Penitenciaría del Bosque, para ser más exactos. No iba desde septiembre del año pasado, cuando terminamos las sesiones del programa “Libertad bajo palabra” en Barranquilla. Volví para retomar el programa y con él la posibilidad de seguir intercambiando con los asistentes: sus inquietudes en cuanto  a los textos, la lectura y la vida. 

Externamente la cárcel ha cambiado. Las paredes tienen otro color y  un largo parasol de color azul se extiende de forma paralela a una baranda del mismo tono, para que uno se proteja del sol mientras camina hacia la entrada. Me hago la imagen de una fila de personas esperando en el día de visitas, abanicándose con cualquier cosa para escapar del calor. Avanzando atormentados por el clima, mirando hacia el cielo y pidiendo que no llueva. Que a las nubes negras que se ven en lo alto, no se les ocurra descargarse justo sobre ellos cuando salgan del parasol. Yo pienso lo mismo de unas nubes que diviso mientras golpeo el portón de acceso, también de color azul y provisto de una ventana pequeña que se abre para que uno diga quién es y a qué va.

En el interior, la cárcel parece igual. Los mismos procedimientos para ingresar y llegar después a la biblioteca en dónde nos reunimos para realizar el taller. Todo avanza como siempre. Me encuentro con caras conocidas mientras me acerco a la biblioteca y al entrar siento que me he equivocado, si han cambiado las cosas aquí adentro. Me encuentro con gente nueva. Del grupo del año pasado ya salieron dos, están más allá del portón azul, con el parasol y la baranda que le hacen juego. Otros nos acompañarán por poco tiempo, pisarán en pocas semanas la calle, volverán a la jungla de cemento. Regresarán al caos del que no se han alejado a pesar de estar encerrados, a la añorada libertad.

Entendí entonces, que aquí la vida no se detiene, aunque eso parezca. La gente sigue moviéndose, teniendo esperanzas, sueños y deseos que quieren plasmar. Algunos piensan en lo que los trajo hasta aquí, en sus familias, en lo que encontrarán al salir, en el tiempo que falta para ello y cómo al estar más cerca de ese momento, dejar la cárcel se convierte en una serie de trámites y papeles que certifican que pagaron su deuda con la sociedad.

Trato de imaginar eso, cómo será ver la vida desde el otro lado cuando se ha estado tanto tiempo encerrado. De ese lado, del que usualmente yo vengo con libros, hojas y lápices. Supongo que debe ser una mezcla de felicidad y ansiedad, más un gran vacío en el estómago.

Iniciamos la sesión y ya volvemos a lo familiar, al terreno conocido, el de la literatura. El de sorprenderse con las historias y lo que nos dejan en el camino. El de las preguntas acerca de esto o aquello. El de escribir para comunicarnos. "Para sacar lo que llevamos por dentro", como dijo uno de los asistentes. Sin ningún esquema, porque de eso se trata, de que cada uno haga el proceso a su manera y extraiga de él las herramientas que le sean útiles. Sin camisas de fuerza, sólo escribir por el placer de hacerlo. Por la oportunidad de hacer catarsis y encontrar en ello otra forma de ser libre.